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La familia soviética: del desprecio a la esencialidad

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La Revolución de octubre significó un doble proceso, el de destrucción de un Estado y a la vez la construcción de un nuevo Estado


La Revolución roja y su objetivo de destruir la antigua civilización no se desarrolló sin terror y lágrimas, del que fueron partícipes sus dirigentes y millones de ciudadanos, según sostiene el historiador británico Orlando Figes. El comunismo desencadenó una ruptura histórica sin precedentes que aterró al mundo occidental, cristiano y capitalista de su época.

Los ciudadanos rusos se durmieron en una sociedad con sus valores culturales e históricos y despertaron en otra radicalmente diferente. El comunismo aspiró a “destruirlo todo”, y en esa aspiración demoledora la familia fue objeto de particular atención revolucionaria.

La edificación de un nuevo Estado se traduce en la elaboración de su marco legal. Así, la revolución legalizó la igualdad entre el hombre y la mujer, el aborto, el divorcio, la prohibición de las adopciones, la igualdad entre hijos legítimos e ilegítimos, la igualdad entre el matrimonio legal y el de hecho, y la paternidad colectiva (cuando la madre desconocía quién era el padre, aunque los jueces darían la responsabilidad al más “rico” entre los probables progenitores). La legislación acompañaba un proceso pedagógico de desintegrar la familia en el largo plazo, partiendo de la convicción de que ella era culpable de preservar tradiciones y de formar personas individualistas y egoístas gracias al amor de sus padres, o sea, sujetos incapacitados para la nueva sociedad comunitaria.

Las mujeres ocuparon un lugar protagónico en el proceso de disrupción de las tradiciones. La mujer militante y trabajadora adquirió legitimidad, la entrega a la causa socialista estaba por encima de su rol de madre y esposa. Asimismo, como explica Figes, el concepto de niño mutó y pasó a ser tratado como un adulto más. Hasta el árbol de Navidad -“una reliquia burguesa- fue prohibido y los juegos cambiaron: blancos contra rojos y “especuladores burgueses” vs “brigadas de requisas” eran los favoritos.

Todo proceso de construcción estatal implica la génesis de su relato histórico y de sus héroes. Lenin se constituyó en un prócer, pero a su vez la historia revolucionaria construiría mitos a partir de los relatos de personajes insignificantes que revelan los valores que el nuevo Estado considera deseables para sus buenos ciudadanos. Allí está la historia de Pavlik Morosov, un niño asesinado por sus parientes por haber denunciado a su padre de contra-revolucionario. Un niño mártir, que renunció a su papá por la lealtad al comunismo, al que se le dedicaron poesías, cuentos, estampas y monumentos. Modelo de conducta de la nueva sociedad y del nuevo hombre, reflejados en la entrega del sujeto y de su libertad por un fin superior y colectivo.

Las consecuencias sociales de desintegrar la familia fueron brutales: niños abandonados en orfanatos –elevando el presupuesto del Estado- o constituyendo bandas de delincuentes –problemas de orden y de seguridad-. Niños entregados al cuidado de sus abuelos, niños carentes de referentes paternos, niños con déficits afectivos, niños híbridos nacidos entre una época y otra, lo que se traduciría en mensajes antagónicos en la constitución de su personalidad, que forjaron ciudadanos adultos con trastornos afectivos y con incrementadas cifras de alcoholismo y de suicidios. Paralelamente, las tasas de natalidad disminuyeron de manera drástica. La colectivización forzosa de los campesinos y el primer plan quinquenal de Stalin fueron claves para la desintegración de las familias: causaron millones de muertos y centenares de miles de “esclavos” en campos de trabajo.

Cerrada esa terrorífica etapa, durante el estalinismo, el “asalto a la familia”-en palabras de Trostky- se detuvo. El Estado “reconocía” su incapacidad de hacerse cargo de reemplazar la familia. El proceso progresista retrocedía sin ser boicoteado definitivamente: se abandonó la prohibición de las adopciones, se siguieron permitiendo los divorcios, pero se aumentó su costo, los procedimientos judiciales los entorpecían y fueron rechazados en algunos casos. Asimismo, solo el matrimonio legal generaba derechos y obligaciones. El aborto se ilegalizó con la pena de prisión (se reintroduciría muerto Stalin), puesto que había que aumentar la natalidad disminuida muy necesaria para la industrialización y la probable guerra. En contrapartida, el Estado aumentó las ayudas a las parturientas, las guarderías, los jardines de infancia y promocionó a la familia con subsidios, especialmente a las numerosas. Existieron diferentes premios honoríficos para las madres según la cantidad de hijos a su cuidado: una de diez hijos era “Madre Heroica”, una que tuviera entre siete y nueve “Gloria de las Madres”, entre cinco y seis obtenía la medalla de la “Maternidad” y las de tres o cuatro también tenían su reconocimiento. Durante la segunda guerra se introdujeron impuestos a las personas sin hijos y a las familias que no tenían más de dos hijos.

La autoridad de los padres no era de menor importancia para el cuidado y formación moral de los hijos. La madre pasaba a ser insustituible en la educación infantil y en su rol de formar buenos y honestos ciudadanos soviéticos. El padre también asumía compromiso en la educación afectiva e intelectual de sus hijos, tenía en Stalin un buen ejemplo de conducta y así lo reflejaba la propaganda oficial. De hecho, los padres adquirían nuevas responsabilidades jurídicas por los delitos de los hijos.

Estos cambios se reflejarían en la vida escolar. Por ejemplo, el mito de Pavlik fue reconstruido, no era deseable ni un valor “denunciar” a los mayores por no ser buenos comunistas. Al contrario, era un deber respetar la autoridad paternal “por más que no crea en los pioneros”, agrupación infantil comunista a la que todo niño anhelaba integrarse para no sufrir bullying escolar. Al final un árbol de Navidad no era tan grave, sino más bien una ocasión de celebración y alegría para los niños, sentenció el partido. No obstante, eran abetos descristianizados adornados con símbolos políticos, figuras de Lenin, Stalin, la hoz y el martillo.

La familia adquiría una importancia inédita para la breve historia soviética:  el Estado reconoció -evaluando las trágicas consecuencias de la revolución- la necesidad de reconstituirla y de aceptar su insustituible valor social y moral como base de estabilidad presente y futura del nuevo edificio socialista.

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4 thoughts on “La familia soviética: del desprecio a la esencialidad”

  1. Patricia says:

    Muy buen articulo. Sin haber leido esta historia se podian palpar las consecuencias. Gracias Carolina Cerrano

  2. Diego Velasco Suárez says:

    Lecciones de la historia. Gracias por dar a conocer estas marchas y contramarchas del comunismo soviético, que la nueva agenda de la izquierda parece desconocer

  3. Martín Soterio says:

    Me gustó mucho el artículo. Quedará pendiente la pregunta de si Stalín sentó las bases para que el progresismo no pueda instalarse en la Rusia actual. Ya que como mínimo es posible sostener que colaboró bastante en ese fracaso.

  4. Luisa Peirano says:

    Excelente artículo, profundo y fundamentado. Felicitaciones a la historiadora por ser además una de esas madres que construye paz a través de su propia familia.

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