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“Con permiso”: Palacio Legislativo

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Fotografía: Wikipedia


“Con permiso”: las crónicas de las visitas de Faustina Bartaburu al interior de lugares conocidos por fuera, pero poco explorados en su interior


Para pasar de Diputados a Senadores, o viceversa, hay que perder algunos pasos. El enorme salón que fue lugar de despedida de grandes figuras del Uruguay como China Zorrilla, Jorge Batlle, Mario Benedetti o Eduardo Galeano está hoy vacío. Pasar por allí implica el susurro obligado: la inmensidad del espacio, el excesivo mármol y los blandengues que custodian la primera Constitución lo exigen, sin gritarlo. De hecho, todo el edificio aclama respeto, ya sea por su valor arquitectónico o por ser la casa de las leyes. Peleando el primer puesto con otros como el Palacio Salvo o la Iglesia Matriz, el Palacio Legislativo es uno de los edificios más emblemáticos de Montevideo. Allí se gestan ideas día a día, se pulen proyectos y se toman decisiones sobre el futuro del país.

El Arco de Triunfo francés, el Victoria Memorial de Londres, la Puerta de Alcalá en Madrid, la Columna de la Victoria en Berlín y otros tantos iconos de la arquitectura mundial comparten algo con el Palacio legislativo: una gran avenida los rodea y hace que sean puntos de fácil advertencia en sus respectivos mapas. Al de Uruguay, neoclásico por dentro y fuera, lo envuelven -como era de esperar- las leyes.

En el interior del edificio, la distribución es sencilla: cuatro partes prácticamente idénticas. Pero la semejanza de la infraestructura y del uso de los materiales hace que no perderse sea solo para entendidos, gente de traje y corbata que deambula sus pasillos -cubiertos por alfombra roja- a diario. Cuando las cámaras no sesionan, como el día de esta visita, algunos asesores se permiten la camisa a cuadros y dejan el saco en sus casas. Tampoco los blandengues de la puerta están inmóviles, se animan a conversar y esbozar alguna sonrisa entre visitante y visitante. Los pasillos que llevan a los consecutivos despachos de los legisladores tampoco están demasiado transitados y predomina el género masculino.

El mismo color de alfombra que recorre los pisos, cubre también las paredes de los pasillos contiguos a las cámaras. En los túneles aterciopelados una misma figura destaca cada pocos pasos: el alférez, persona al servicio de los legisladores. El no ejercicio de las cámaras no impide que estén sentados al lado de grandes puertas de madera esperando a ser llamados: tras las bambalinas del Poder Legislativo no hay descanso. Mientras dos conversan entre sí, uno de ellos sostiene en su mano derecha una pequeña taza de café que puede que minutos más tarde acabe en el estómago de un legislador.

Lacalle Pou, Larrañaga, Heber, Delgado se ubican al comienzo del semicírculo superior. Un poco más abajo, Alonso. También está Mujica. Bordaberry junto a Coutinho. Y Amorín Batlle en la otra punta. Cada uno con su micrófono propio. Las bancas, aunque ahora vacías, se llenan rápidamente con imágenes mentales. Al frente, en el trono más elevado, ya no está Sendic. Ahora Topolanski dirige la batuta.

Partidos políticos y variadas ideologías se reúnen en la sala de senadores en la que ahora reinan silencio absoluto y madera noble.  Para salir del lugar, se puede optar entre cuatro puertas iguales que desembocan en lugares distintos. El guía escoge la primera, que sale, como era de esperar, a una de los cientos de escaleras que conectan todo el edificio.

En la segunda planta, ventanales que comienzan cercanos al piso y terminan al ras del techo dejan entrar luz del exterior. Una taza de café recién bebido con la inscripción Palacio Legislativo en letras azules, espera contra el vidrio a ser recogida por los encargados de limpieza. En el mismo pasillo, el senador Álvaro Delgado charla con su asesor con la corbata desprendida en la puerta de su despacho. A la derecha, el de Javier García está bastante concurrido. A la izquierda, se encuentra el de Lacalle Pou y cerquita el de Larrañaga. Afuera de estos una placa indica “Alianza Nacional”, pero la alianza no se extiende tanto ya que a los pocos metros también está el del expresidente de la República, José Mujica, que tiene salida directa a la calle.

Tal vez uno de los lugares más llamativos del edificio construido en el centenario de la democracia oriental sea la biblioteca, la segunda más grande del país luego de la Nacional. Entre el acervo literario que alcanza alrededor de 250.000 libros distribuidos en bibliotecas de madera y vidrio que cubren las paredes, el general Artigas y una Venus de Milo comparten espacio. Los de mayor circulación son los libros y publicaciones de carácter jurídico y, a diferencia de otras bibliotecas, no hay jóvenes estudiando sino de nuevo camisas y corbatas.

Los despachos de los senadores del Uruguay varían en sus tamaños y distribución pero varios encuentran semejanza en su interior: muebles de madera, sillones de cuero, lámparas antiguas, documentos en carpetas y fotos familiares entre las que se mezcla el rostro de algún líder partidario ya difunto.

Para pasar al área de los diputados, se debe volver a atravesar el Salón de los Pasos Perdidos. Ahora, desde arriba, una mancha de gente vestida de blanco destaca entre columnas y la mezcla de mármoles: es una maestra explicando a un grupo de alumnos qué es ese inmenso lugar. El guía confirma que esa imagen es moneda corriente en el salón de los homenajes.

La zona de diputados, es igual a la de senadores. Sin embargo, no todos tienen su despacho allí, algunos lo encuentran en el edificio anexo. Un túnel subterráneo bien iluminado en el que suena un jazz y hay fotos de la construcción del edificio -primero en blanco y negro y luego a color- conduce a la parte más nueva. En un cartel puede leerse “Democracia” escrita en distintos idiomas y, al final del largo pasillo, se encuentra una sala de lactancia recién incorporada. En la puerta, un cartel anuncia los horarios de vacunación.

En el  anexo del Palacio Legislativo se llevan a cabo sesiones extraordinarias -como pueden ser las rendiciones de cuenta- y a diario hay conferencias, aunque no siempre relacionadas al ejercicio al Poder Legislativo. En el ala en que se encuentran el resto de los despachos de los diputados, la militancia fervorosa no descansa y pareciera que allí se permanece en período electoral.

Al abrirse la puerta del ascensor,  una bandera roja con las letras MPP en negro es lo primero que llama la atención. Otro piso, y la misma bandera roja. Uno más, y ahora aparecen algunas blancas con letras en celeste. También en este se cuela alguna colorada. Los despachos de los diputados son más pequeños y menos refinados que los de los senadores. Sin embargo, están igual de concurridos.  Sobre las paredes de vidrio, cuelgan carteles y banderas de las diferentes listas que apoyan los movimientos partidarios.

De regreso al edificio central, la taza de café apoyada sobre el vidrio carga ahora con otra sobre sí. Pero el guía de esta tarde -asesor de un legislador- dice que el servicio de limpieza está constantemente en acción. En el ascensor se encuentra con un viejo conocido. Se palmean la espalda. El viejo conocido pregunta si está haciendo una recorrida, a lo que él contesta que sí. “Ya queda poco acá. Cada vez más cerca de Casa de gobierno. Ahí me conformo con la vista frente al Puerto”, advierte el desconocido entre risas.

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One thought on ““Con permiso”: Palacio Legislativo”

  1. Juan Manuel Bartaburu says:

    Muy claro y con un “tinte propio” y exclusivo que denota mucha información y buena formación para la tarea.Informe correcto y breve de un inmenso edificio de un pequeño país con fuerte democracia. Felicitaciones.

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