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El campo, por ella

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Fotografía: Tatiana Oviedo


La feria de la Sociedad de Fomento en el departamento de Tacuarembó aloja cada fin de semana a 20 trabajadoras rurales que se reúnen allí para llevar algo más que “plata” a sus bolsillos. Fomento es sinónimo de reunión, de encuentro y, sin dudas, de empoderamiento.


Sentada junto con Pauline, Daysi acomoda un par de quesos. “Los hago con mis propias manos”, dice mientras que una montevideana curiosa se acerca. Con la voz firme y un cierto orgullo en su tono, cuenta que compró tres vacas junto con su madre y que se levanta cada mañana a ordeñarlas para producir el queso que acomoda en la mesa, un producto hecho totalmente sin los conservantes ni colorantes propios de la producción industrial. Tal y como si fuera su propio hijo, Daysi no necesita un termómetro para tomar la temperatura de la leche, sino que reconoce en ella el punto exacto para su preparación apenas tocándola con la yema de los dedos. “Es mi trabajo. Mi marido ya tenía una lechería cuando nos conocimos. Él tenía máquinas y todo armado, pero a mí me gusta ordeñarlas a mano, así que compré tres vacas y empecé”.

Alguien se acerca y saluda. Olfatea el producto y pregunta si le puede sacar la bolsa. No necesita saber más.

—Son $200, señor. Directo desde la vaca.

Un afiche pegado junto a la puerta de entrada de este gran galpón en donde se aloja la feria recuerda el Día de la Mujer Rural, fecha conmemorada cada 15 de octubre desde el 2008 y que en el último año fue festejada en este pequeño espacio en donde hoy solo son 10 las mujeres que se animaron a desafiar la lluvia pero que en aquella ocasión fueron 110.

El medio rural no escapa de una realidad en la que el trabajo de las mujeres uruguayas recibe, por la misma actividad, 24% menos de salario que los hombres, sean urbanos o rurales. Y esta es una situación que se agrava aún más fuera de la ciudad, en donde el trabajo no remunerado de la productora supera al de la mujer urbana. Sin embargo, aportan el 44% de la mano de obra en el campo, según datos de las Naciones Unidas. Aquel encuentro, ese pequeño festejo del Día de la Mujer Rural que todas nombran en las entrevistas que dan, representó el comienzo de una red de mujeres que teje su propio espacio de trabajo, de encuentro, de organización y, sobre todo, que les da visibilidad.

***

Refugiada en el calor de su casa, Susana descansa luego de trabajar en su quinta. La lluvia la obliga a refugiarse bajo techo y ahora escucha atentamente a su esposo que habla sobre la importancia de los perros en el cuidado de las ovejas. Con no más de un metro setenta de altura y un hablar pausado, Cabrera, este hombre al que solo se le dirige por su apellido y del cual no supimos su nombre hasta varios días después, marca el ritmo y los temas de conversación alrededor de la mesa.

—Susana, ¿qué representa el campo para vos? —, pregunto.
—Y…—comienza a hablar, pero duda en responder.
—Si te digo campo, ¿en qué pensás? —, insisto.
—El campo…—un silencio se entromete en medio de la frase y su mirada se pierde más allá de la ventana—. El campo para mí es todo—, sentencia, y vuelve a fijar la mirada en sus oyentes, como si necesitara una aprobación a sus palabras.
—El campo para ella es su huerta. Ella trabaja ahí todo el…— contesta Cabrera, pero es interrumpido.
—Deje que conteste ella, que no es para usted- apunta en tono jocoso su amigo, el que nos llevó hasta allí.

“Entre broma y broma, la verdad se asoma”, dice un viejo dicho. Pero no funcionó: reformulamos la pregunta, Cabrera volvió a hablar y ella cedió. Las pocas palabras de Susana dejaron más preguntas que respuestas y los perros se adueñaron del tema de conversación nuevamente.

Dos horas más tarde, reencontramos a Susana en la feria de Fomento. Esa mujer que habíamos visto trabajando la tierra y quien parecía una persona de pocas palabras no era la misma en este lugar. Con brillo en sus ojos y termo y mate en sus manos, le había contado a todas que una visita especial llegaría al lugar. Ahora, lejos de su casa y rodeada de mujeres, ella misma guía el recorrido dentro de la feria hasta llevarnos a su puesto en donde exhibe con orgullo los productos de su huerta. Nos acercamos en busca de una entrevista y nos sorprende que sea ella la primera en ofrecerse. Esta vez, en primera persona.

—¿Qué significa esta feria para vos?
—Es un espacio de encuentro y una oportunidad para poder mostrar y vender lo que hacemos. Acá viene gente de todos lados. Viene mucha gente del centro. Pero en un día de lluvia como el de hoy nos damos cuenta de que el verdadero valor es este espacio es de reunión y de encuentro con las demás.

Fuera de su papel principal de trabajadoras agropecuarias, este grupo incide en su comunidad mediante la organización de talleres. El tema del último fue “Salud sexual y reproductiva”, realizado en la escuela número 39. “Con ese título se espantaron y se fueron. Yo las tuve que ir a buscar del brazo para que entraran”, recuerda Daysi, mientras que reflexiona sobre la importancia de llevar a la mesa estos temas en un contexto en el que el acceso a la información es distinto al que se puede conseguir en el medio urbano.

Las mujeres rurales constituyen la cuarta parte de la población mundial. Nadie sabe muy bien cuándo se apoderaron de tantos espacios hasta ocupar casi el mismo porcentaje que los hombres, incluso en el campo. Su incidencia en este medio es clave para garantizar cambios a nivel económico, ambiental y social. Como en todos los ámbitos, estas mujeres demuestran que las capacidades están y, en todo caso, lo que se necesita es visibilización y reconocimiento. Por ahí se dice que la patria se hizo a caballo, y seguramente, aunque no sepamos cuántas, también hayan estado ahí.

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