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El peluquero que trabaja por la coalición

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Fotografía: Paulina Fabre


En sus 45 años de profesión, Jorge Germakian nunca tuvo la peluquería tan llena como cuando Wilson Ferreira se aparecía por ahí para su corte mensual. El líder nacionalista iba congregando gente en su camino hacia la peluquería y, una vez en ella, el garaje de Jorge desbordaba de pocitenses. Las visitas de Wilson venían siempre acompañadas por unas 30 personas como mínimo y Jorge nunca tuvo problema con ello.


“Un día pararon los muchachos del agua Sirte con el camión, pensando que me había pasado algo por tanto bochinche. Empezaron a preguntar, preocupadísimos, si el armenio estaba vivo”. Cuando los jóvenes entendieron que la multitud perseguía a Wilson, volvieron a trabajar. A los días pasaron por la peluquería para que Jorge les hiciese los cuentos.

Para los trabajadores de Sirte y para el barrio entero, las visitas de Wilson eran todo un acontecimiento. Los vecinos aprovechaban para hacerle al político todas las preguntas que tenían y poder calmar así la euforia de la restitución de la democracia. Los cortes de pelo de Wilson fueron los más largos en la historia de las peluquerías. El líder pasaba entre una y dos horas en aquel garaje para hacerse “un simple corte a la armenia”.

Para el barrio era todo un acontecimiento, pero para Jorge era nada más que una -gran- oportunidad para agregar anécdotas a su enciclopedia de clientes. “Era un tipo muy viajado y tenía mucho para contar. Él se fue exiliado del país y un día le pregunté qué era lo que más había extrañado. Me dijo que no haber visto crecer a sus nietos. Era igual, y en muchas cosas mejor, que todos nosotros”.

Ese lado humano del político era el que a Jorge más le divertía en sus charlas de peluquero-cliente. Ese “cuerpo a cuerpo” que implica su oficio lo fue acercando cada vez más a sus clientes. En cuestión de unos años, pasó de ser el peluquero del garaje azul al que podía citar la Biblia en cualquier circunstancia, el que era capaz de hacer chistes sin que nadie percibiera su tristeza, y el que nunca aceptaba un no por respuesta a la hora de convidar mate.

La política nunca le interesó mucho. En un intento por dejar atrás el genocidio, pero al mismo tiempo conservar la cultura armenia, los padres de Jorge nunca le fomentaron ningún tipo de ideología política. “Y mientras más clientes involucrados en la política iban llegando, más me convencía a mí mismo de lo mal que estaba todo”, asegura mientras señala las fotos que conforman la pared de madera, donde figuran todas las personalidades que pasaron por un corte del armenio.

Los años le enseñaron a Jorge que la política es igual a una orquesta: “Adelante te ponen a los mejores y atrás es un desastre. Hay algunos no saben tocar, otros hacen de cuenta que tocan y no tocan nada. También hay otros -los peores- que arruinan los instrumentos de los demás”. Tuvo suerte de atender a algunos de esos que están en primera fila como clientes, esos que realmente buscan el progreso y exhiben ideas claras. Pero también tuvo -y tiene- clientes del sector trasero, que solo van a hablar mal de los otros.

Pero descubrir el error y resignarse a un sonido defectuoso no está en el espíritu de Jorge. Al fin y al cabo, una orquesta que suena bien también es un deleite para el público. Así que, entre esas cuatro paredes donde hace lo que mejor sabe hacer -y según él, lo único-, empezó a mejorar el servicio de peluquería agregando el de consejero, sin costo extra.

“Se ve todo muy claro en el reflejo de este espejo. Está el ‘yo’. Está el ‘ellos’. Están los amigos y los enemigos. Parece mentira que todos nacimos de Adán y Eva”, dice el peluquero. Su fe y, sobre todo, el libro sagrado es, desde que murió su esposa, lo único a lo que acude cuando necesita orientación.

De la Biblia aprendió que “hay más felicidad en dar que en recibir” y, tanto es así, que gran parte de los clientes se volvieron amigos. No se priva de ser sincero ni de opinar y esa transparencia que rebota en todos los espejos es la que vuelven a buscar cada mes con el corte de pelo.

Entre tijeretazos y mates, suena el teléfono de un cliente. Jorge guarda las tijeras y le hace señas para que conteste, mientras aprovecha para barrer un poco.

—¡Hola! Sí, con él. ¿Quién habla? -responde el cliente.
—¡Ah! ¿Cómo le va? Mire, estoy en una reunión, ¿no me podría llamar en una hora? -continúa- Genial, hasta luego.

Apoyado en la escoba y en el intento de esconder las risas, el peluquero-consejero larga la primera enseñanza de esa tarde:

—Mirá qué fácil se volvió mentir, ¿no? Estamos tan acostumbrados a no ser sinceros… creo que eso nos va descalificando como personas. ¡En una reunión! -insiste con humor-. Entonces, doctor, ¿le puedo ofrecer un café?

Pero la honestidad de las lecciones de Jorge no duele porque las domina con humor. Así se corre la bola por Pocitos de un peluquero que ya no es “el famoso peluquero de Wilson” -apodo que él no disfruta-, sino el peluquero armenio que va a tener la respuesta al problema.

Es todo cuestión del boca a boca. Wilson llegó por recomendación de la familia Laffite, agradeciendo que en una época en que los “coiffeurs” estaban de moda, aún existiera una simple peluquería. “Se paraba en la puerta y decía: ‘Qué alegría leer solo peluquería, ¡ahora es puro coiffeur por todos lados!’, con esa voz gangosa”, recuerda Jorge. Llegó por recomendación y acabó recomendando a muchos más. Ya no era cuestión de encontrar una simple peluquería, sino de ir a pasar un rato con el armenio.

—A veces digo que pude pagar esta casa, primero gracias a Dios, y después gracias a Wilson, que me mandó grandes clientes -cuenta el peluquero entre risas.
—Aunque si mi esposa todavía estuviera acá -agrega Jorge, dominado por una dolorosa nostalgia-, ella me corregiría que no fue gracias a Wilson sino al Banco Hipotecario.

Y vuelve a reír.

Políticos, periodistas, abogados, médicos. La cartera de clientes de Jorge tiene nivel. Cada uno, sentado en la silla blanca de peluquero que Jorge compró en un remate, saca la bandera de sus ideas políticas. De todos los partidos, de todos los colores, y hasta de varios países. Hernán Siles Suazo, expresidente de Bolivia, fue uno de los políticos que pasó por el garaje de 4 metros cuadrados. También estuvo el exlegislador Álvaro Ramos y el exministro de Transporte, Lucio Cáceres. “Yo converso con todos mis clientes, más allá de mis propias ideas. Hay que saber qué decir y cómo hacerlo, pero no se trata de quedarse callado. En este garaje estoy haciendo la coalición”, bromea Jorge.

De todos ellos hay fotos colgadas en la pared de este pequeño garaje pocitense que encierra un pedazo de la historia política del Uruguay y que, al parecer, lo ha convertido en el peluquero que mejor entiende la interna de la política uruguaya. Aunque a él le cueste admitirlo.

Fotografía: Paulina Fabre

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