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El triunfo de Berreta y Batlle

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169H


El 24 de noviembre de 1946 se celebraron elecciones presidenciales en el Uruguay. La fórmula Tomás Berreta-Luis Batlle Berres resultó el lema vencedor del Partido Colorado con 185.715 votos


El candidato más votado en esas elecciones fue, no obstante, Luis Alberto de Herrera con 205.923 sufragios. A raíz de la vigencia de la ley de lemas Berreta se hizo de la presidencia, al sumar los votos de los otros dos lemas de su partido: el blancoacevedismo y el baldomirismo. La posibilidad del herrerismo de llegar a la primera magistratura era bien difícil considerando la ley de lemas: el Partido Nacional estaba dividido y los colorados, pese a los enfrentamientos internos, seguían manteniendo la lealtad en su voto antes que ver a Herrera en la presidencia.

1946 fue año de hambre, ruinas y un sinfín de penurias en Europa, en un mundo que continuaba especulando y debatiendo la conformación del orden de la postguerra. El antifascismo seguía siendo el leit motiv central en la retórica de los vencedores. Las rivalidades entre los triunfadores eran cada vez más alarmantes, pero todavía no llegaban a la ruptura total. En América, en las elecciones argentinas de febrero, Juan Domingo Perón había llegado a la presidencia. Esos comicios revelaban un dato interesante del contexto mundial: los Estados Unidos y la Unión Soviética defendiendo la democracia apoyaron al candidato de la oposición al gobierno militar del que Juan Perón era hijo.

El éxito del líder peronista -vapuleado como el candidato nazi-fascista- encendió las señales de alarma en el continente y el miedo cundió en el Uruguay. Un Uruguay que, tempranamente se había puesto del lado de los aliados en la segunda guerra, hizo del antifascismo, la democracia y el liberalismo una razón de ser de la identidad del país, que no podía ser ajeno ni distante de un vecino tan próximo. El batllismo había combatido al naciente peronismo por medio de la pluma y de la acción política. Es decir, se había involucrado activamente en la campaña política del antiperonismo.  Perón no olvidaría que el gobierno de Juan José de Amézaga había formulado una doctrina intervencionista, en noviembre de 1945, inmortalizada como doctrina Larreta, haciendo mención al nombre del canciller que la patrocinó. Una doctrina que había propuesto a los países del continente la intervención multilateral en caso de que se dieran gobiernos de corte totalitario, o sea que pongan en riesgo la democracia. Una doctrina pensada en clave argentina y rechazada en la mayoría de los países americanos, salvo la “completa adhesión” norteamericana, padrino del texto. El gobierno de Amézaga era consciente de su parcialidad en el proceso político argentino y el 4 de junio, cuando Perón asumió la presidencia, no pudo enviar a su canciller como lo hicieron los demás países de la región. El herrerismo que sí había optado por el “primer descamisado” se subió al carro triunfador y celebró con una “embajada popular” de más de cuatrocientos militantes el acontecimiento. El público argentino vibraba con el cántico “Herrera-Perón”. Y el “coronel del pueblo”, al pasar frente al palco de la delegación nacionalista, detuvo su caravana y manifestó su simpatía frente a los gritos de “Herrera, presidente”.

batllismo

Durante el desarrollo de la campaña presidencial uruguaya circulaban rumores de que autos con matrícula argentina pegaban afiches favorables a Herrera, que agentes peronistas irrumpían en actos batllistas y que fondos argentinos llenaban las arcas del herrerismo. Hechos desmentidos por los acusados. Lo que no se pone en duda es que el caudillo nacionalista fue la apuesta política de Perón. El novel presidente rioplatense amenazó con el turismo argentino y limitó las exportaciones de trigo al Uruguay, que se vio obligado a comprar el cereal a los Estados Unidos por un precio mucho más caro. Estos hechos fueron explotados por el herrerismo. Ese año, mientras los medios de comunicación alentaban a colaborar por los hambrientos de Europa, el pueblo uruguayo se encontraba haciendo largas colas para obtener bienes básicos de una canasta familiar. Fue el año del pan negro y de la escasez de la leche y la carne.

El batllismo construyó su campaña política bajo el peso histórico y simbólico de su fundador José Batlle y Ordóñez. Berreta era el decorado de un cuadro de un retrato de don Pepe. Bien distinta era la situación del herrerismo donde el culto a la personalidad se rendía a su candidato, que por cuarta vez soñaba acariciar la presidencia. Ambos contendientes –batllismo y herrerismo- acompasados a la retórica de su tiempo buscaban adueñarse de la bandera de la democracia, de la justicia social y de la libertad. El herrerismo prometía respetar la creencia, reparar, sanar, ordenar y evitar la descomposición moral de su país. El batllismo prometía continuar con la civilización, el progreso, la laicidad que su “padre eterno” legó al Uruguay. La historia reflejada en cifras, leyes aprobadas y hechos era para ellos una demostración de su fuerza.

Para el herrerismo, en cambio, el Uruguay estaba en una encrucijada histórica entre la salvación o el caos, sin usar la expresión progreso ponía su mirada en un “nuevo amanecer”, como había sucedido hacía unos meses en la Argentina. Un amanecer que se entroncaba con una tradición más antigua: la de la hermandad entre las repúblicas americanas, respetuosas de cada nacionalismo frente a la “prepotencia de los imperialismos”. En el herrerismo, la retórica anti-norteamericana pesó más que la anticomunista, esta última no fue tema central de debate como lo sería una vez desencadenada la guerra fría. Para el herrerismo, votar al batllismo era sinónimo de entreguismo y pérdida de la independencia, bajo el regazo de los norteamericanos y el riesgo de entrar en una guerra ajena –convencidos del inevitable choque del capitalismo y el comunismo–. Para el batllismo, el antifascismo seguía siendo su principal bandera, Herrera era visto como el peligro de un pasado/presente reciente: su apoyo al terrismo, la denuncia de su filo-fascismo y su proximidad ideológica al naciente peronismo eran pruebas de las amenazas nazi-fascistas criollas que se cernían sobre el “país modelo”.

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