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La experiencia Dylan

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El músico estadounidense, anciano y premiado, se moja otra vez con un disco de canciones originales. Escucharlo implica aceptar un viaje que garantiza de todo menos apatía.


La anécdota es conocida. Julio César convoca a sus soldados a orillas del Rubicón, donde ejecutan una decisión compleja, que terminaría señalando un destino victorioso. Atribuciones azarosas y leyendas aparte, la historia reaparece cada tanto vinculada a la creación artística. Unos años atrás, la revista Orsai publicó una entrevista a Alejandro Dolina en la que el famoso cruce del río servía para plantear una reflexión épica sobre el rol del artista. Dolina agradeció al final de aquella nota la complicidad del periodista, que había evitado los asuntos gastados de su biografía para proponerle un ejercicio más atractivo.

Quien sale ahora al rescate de la vieja metáfora fluvial es Bob Dylan, con el álbum Rough and Rowdy Ways. Tan es así que entre los diez temas nuevos hay uno titulado “Crossing the Rubicon”. Para conocer el contexto del proyecto, lo recomendable sería leer la entrevista-comentario de The New York Times. Las críticas hablan de clásico instantáneo y confirman lo que mostraban los sucesivos sencillos: el doble ritmo del casi octogenario Zimmerman, crisis global y estallidos sociales de por medio, fue admirable.


Una de las muchas cosas que dicen estas canciones es que el autor nunca deja de revisitar la ruta 61, el Misisipi pavimentado que une su Duluth natal con Nueva Orleans. Al inicio de un disco que no escatima en musas homéricas, profecías y relatos de corte histórico, “I Contain Multitudes” confiesa lo evidente, lo que el Dylan escritor ensayó en su desconcertante aceptación del Nobel de Literatura y que mal podría resumirse como una especie de elogio al hilo de la tradición. En palabras de Cormac McCarthy, “la desagradable realidad es que los libros están hechos de libros”. Habrá quienes sostengan que esta actitud solo justifica pinturas demasiado inspiradas en fotografías o citas sin fuente en largometrajes híbridos. Síntesis, homenaje, ¿robo? La línea es tan fina a veces y Dylan ha hecho un culto misterioso de eso que irrita a los que pretenden reglamentar la expresión cual juego de mesa.

Empeñarse de manera excesiva en el análisis de las intenciones últimas de un cantautor puede aburrir o, dependiendo del caso, resultar inútil. La magia y la excentricidad suelen sentarse cerca, una proximidad que genera desencuentros cuando no queda del todo claro si el bufón se ríe de sí mismo o de los desprevenidos. Ahí empieza un debate en el que críticos, académicos y dylanófilos consumen vidas enteras, y uno disfruta de escuchar sus conclusiones. Por ejemplo, en un congreso dedicado a las fronteras entre el documental y la ficción, una investigadora reconoció sin remordimientos, mientras presentaba una idea de artículo sobre Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story, que no tenía claro si la película era una basura o una genialidad. La producción de Dylan -satélites scorsesianos incluidos- provoca reacciones variopintas. Cada interlocutor decidirá qué hacer con las referencias inagotables (suerte con la inmensa “Murder Most Foul”), pero no está en discusión que el señor habilita diferentes niveles de lectura.

Por suerte, la laboriosa exégesis dylaniana recupera el aliento ante cada invitación musical. Durante un tiempo lo único constatable será que el abuelo salió del río dispuesto a pelear. Algunos enfrentarán al ícono viviente, al gato de Nashville, al crooner trasnochado o al tamborilero de villancicos, porque esa es su tarea. Otros elegirán escuchar entusiasmados las noticias que llegan desde el frente.

Acercarse a un álbum nuevo de Dylan se parece un poco a la experiencia de volver a un templo antiguo. Lo significativo no pasa por identificar si las paredes lucen más o menos descascaradas, si las restauraciones alteraron los colores que recordábamos o si el coro mantiene los arreglos de hace décadas. Esta experiencia del regreso es valiosa porque empuja a formular una pregunta que lo mismo lastima o da la paz: ¿qué tanto cambiamos nosotros?

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