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Lenin y su olfato político

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Imagen: Independent


Lenin comprendió que el éxito político va unido a interpretar el “ánimo de la multitud” y aprovecharse de las pasiones revolucionarias de las masas para llevar adelante la profecía marxista de la revolución proletaria y el fin del capitalismo. Fue un astuto estratega, tuvo buen olfato político y capacidad de servirse de los acontecimientos para cambiar el curso de la historia de su nación y del mundo.


A lo largo de la historia contemporánea hay abundantes ejemplos de discursos políticos efectivos que posibilitaron a la oposición política alcanzar la cima del poder. Y a la vez, en todos los tiempos, han existido audaces estrategias políticas que garantizan la permanencia de un régimen político. El prócer de la ex Unión Soviética realizó, en este sentido, dos jugadas maestras.

En abril de 1917, Lenin volvía del exilio a una Rusia radicalmente diferente a la que había dejado. Una Rusia sin Zar, dirigida por un gobierno provisional liberal tratando de contener la anarquía política y la revolución popular. Él interpretó a la Rusia olvidada que cobraba protagonismo, leyó los deseos de una mayoría ruidosa y cansada. Lanzó su famosa frase “todo el poder a los soviets” y una consigna sencilla, clara y revolucionaria: “pan, paz y tierras” conquistando a su pueblo -incluyendo a los campesinos, la “autocracia de Rusia”,  según su despectiva apreciación-. Abandonando dogmatismos marxistas y con un pragmatismo profético comprendió que estaba a las puertas de acaudillar la revolución proletaria en un “país de pequeños campesinos”. Con un discurso efectivo y atrevido, Lenin quebró la tradición marxista al sostener que la revolución proletaria no necesariamente debía pasar por la alianza de clases y la revolución burguesa-liberal.

No obstante, como en todo gran suceso, hay una suma de acontecimientos que explican cómo los bolcheviques se adueñaron finalmente del Palacio de Invierno y lanzaron la temida revolución comunista, que declaró la muerte a los privilegios y a los privilegiados, no solo a los ricos, sino también a aquellos que simplemente tuvieran “algo”, ya sea bienes o capital simbólico y cultural, como un maestro o un creyente.

Los “rojos” ganaron la guerra civil. El escenario post-bélico era aterrador, pero Lenin demostró una vez más su olfato político y su capacidad de pragmatismo, decisión y flexibilidad para salvar la revolución, lanzando la Nueva Política Económica (NEP). Su defensa del “capitalismo de Estado” y del Estado proletario como un “patrono prudente, celoso y hábil, un buen comerciante al por mayor” y el reconocimiento de que sólo “el interés personal eleva la producción” no podía menos que espantar a los fieles dogmáticos comunistas. Todo un plan de ajuste: control del gasto público y elevación de la recaudación impositiva, acompañadas de concesiones al capital extranjero y de buscar la conciliación con el pequeño y mediano comercio e industria. No obstante, para calmar las ansias revolucionarias de efectivizar la promesa de la sociedad igualitaria, señaló que el retroceso era “parcial y temporal” hasta “restaurar la economía”.

Con empatía, Lenin reconocía públicamente errores y desaciertos en la construcción del “nuevo edificio socialista” y se preguntaba “cómo no cometerlos en una obra tan nueva para todo el mundo”. Inteligentemente reivindicó para la NEP, su proyecto de salvataje, a “los expertos burgueses” con el argumento de que “no se puede ser un soberbio comunista”. La emigración de más de dos millones de rusos, la mayoría educados era una de las consecuencias fatales de la revolución y la guerra. Lenin consciente del “acecho del Occidente capitalista” y siendo un buen marxista ansiaba lograr la modernización e industrialización de su país comprendiendo que sin la colaboración de los arquitectos, ingenieros, economistas, físicos y otros profesionales el comunismo naufragaría.

Asimismo, la NEP fue presentada como una paz provisoria con los campesinos, el objetivo supremo era “elevar la producción” por lo cual los planes de colectivización, que despertaban profundas hostilidades fueron arrinconados. La NEP suscitó disidencias entre los camaradas pero Lenin se encargó de “limpiarlas”, no había posibilidad de discutir su plan maestro y autorizó a ser extremadamente violentos para reprimir a quienes no comulgaran con sus decisiones políticas. Stalin, por aquel entonces secretario General del comité central del Partido Comunista, continuó adquiriendo experiencia política guiado de su máximo dirigente.

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