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Reversión y subversión (o por qué el teatro sigue vivo)

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Tercer acto: Esta gaviota no es de Chéjov, de Teatro El Galpón

Elenco de Esta gaviota no es de Chéjov mirando a cámara.

Esta gaviota no es de Chéjov. Gentileza: El Galpón.


“¿Por qué tenemos que seguir haciendo un clásico? ¿Por qué no hacer una obra nueva? ¿Qué hay ahí? ¿Por qué una obra europea que es rusa? ¿Qué tiene que ver con nosotros?”, se preguntó Felipe Ipar (34), escritor y director de Esta gaviota no es de Chéjov, mientras escribía la obra. La respuesta fue tomar La Gaviota, del dramaturgo ruso Antón Chéjov, de 1896, y transformarla. 


Felipe es hijo de actores del teatro El Galpón. De alguna manera, piensa, es hijo de esta institución. “Ir a El Galpón con esta obra fue como recuperar mi niñez”, cuenta. También es realizador audiovisual, estudió en la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático Margarita Xirgu, ha trabajado como coach de actores en series de producción internacional y local, y en los últimos 10 años se desarrolló como director. El teatro es su segunda casa. Pasó sus primeros años de vida viendo ensayos y obras, lo que marcó su camino vital. Cuando dirige, intenta captar la alegría que sentía aquel niño en aquellos momentos. “La infancia es determinante”, menciona en la obra, y no es difícil ver el elemento autobiográfico.

Si bien le encanta actuar, hoy Felipe elige la dirección, que define como su “quintaesencia”. Lo que más le gusta es inventar un mundo que no existe y hacerlo realidad. Lo que lo motiva a dirigir es esa pulsión por estar un rato en mundos desconocidos, espacios que lo hacen sentirse vivo. 

Felipe Ipar

Felipe Ipar, director y autor de Esta gaviota no es de Chéjov

La Gaviota de Chéjov es una obra que siempre me entusiasmó”, explica Felipe. Se sentía muy reflejado con la historia, porque trata de un escritor (Tréplev) que quiere hacer teatro, tiene su misma edad, trabaja de la misma forma que él, tiene los mismos conflictos, sueños y frustraciones, y que, a su vez, es hijo de una actriz. Por eso, lo considera como una especie de alter ego: “Hay una mezcla entre Chéjov y yo a través de ese personaje”.

Hace tres años, Felipe empezó a redactar este proyecto que tenía la intención de hacerle preguntas al mundo del teatro. Se planteó tres interrogantes en el momento de pensar la obra. La primera fue: ¿cómo iluminar a Chéjov y encontrar la comedia en sus obras, que a menudo son representadas de manera oscura y trágica? La segunda: ¿cómo vincularse con los maestros y reconocer su experiencia en un contexto que promueve el derribo de las figuras jerárquicas? Es decir, cuestionarse por qué los consideramos maestros y por qué seguir haciendo sus obras. La tercera, una pregunta que se repite a lo largo de la obra: ¿por qué seguimos haciendo teatro? 

Tensión y desdoble

El Galpón es una de las instituciones teatrales uruguayas más conocidas a nivel internacional. Nació en 1948, en un viejo galpón, donde sus integrantes empezaron a hacer un teatro sólido, que aspiraba a representar obras de grandes autores. Casi dos décadas más tarde, se mudaron a su ubicación actual en 18 de Julio y Carlos Roxlo. Durante la dictadura, luego de que se “ilegalizara” la actividad de la institución, cerraron y algunos de sus integrantes se fueron exiliados a México, donde continuaron la labor de El Galpón. En el 85, tras la vuelta de la democracia, volvieron y reabrieron, esta vez con una escuela, para formar a una nueva camada de actores. Desde entonces, El Galpón ha albergado numerosas obras y espectáculos, y ha luchado económicamente para seguir adelante.

La institución opera dividida en varias áreas, como, por ejemplo: la artística, de producción, administrativa, etc. Es liderada por un Consejo Directivo que trabaja en conjunto con los secretarios generales de cada área. Los técnicos son asalariados, pero los actores sostienen el teatro por pura militancia.  

En El Galpón fue donde Sofía Tardáguila (26), actriz, influencer y estudiante de Comunicación, desarrolló su carrera de actuación. Inició su trayectoria en las artes escénicas a sus 12 años, haciendo comedia musical en la Escuela de Acción Artística Luis Trochón. Hoy en día, es creadora de contenido en redes sociales y utiliza ese espacio para mostrar su veta actoral. Si bien esto se volvió su fuente principal de ingresos, el teatro no ha perdido protagonismo en su vida. “La actuación en teatro tiene eso de sentirte encendido en el momento presente. Estás con tus sentidos alerta cuando estás ahí y eso me encanta”, expresa Sofía. Así es como ha participado de varias obras en El Galpón y eso la llevó a interpretar a Nina, personaje de Esta gaviota no es de Chéjov. 

“La obra es un juego teatral, que habla del mundo del teatro y lo que pasa en camarines”, dice Felipe. Y Sofía añade: “Es una obra muy metateatral. Es un conjunto de actores que están en un camarín ensayando una obra”. El camarín es ese espacio de transición entre el actor y el personaje, donde entran en calor, hacen la voz del personaje, pero también son ellos mismos conversando con sus compañeros. Sofía cuenta que de ese espacio energético donde los actores son y no son personajes se nutría la obra. 

Felipe señala que la primera etapa de trabajo, la de investigación y desarrollo de los personajes y el lenguaje escénico, fue de mucha libertad. Pero después, a la hora del montaje, los apretó la exigencia. Se trataba de una obra de dos horas, con mucha complejidad de diseño, vestuario, iluminación y sonido. “Hubo muchos conflictos y está bueno reconocerlo para no idealizar los procesos. Nos peleamos mucho, tuvimos diferencias. Pero también nos divertimos, nos enamoramos de lo que hacíamos, nos reímos. Hubo situaciones incómodas y cómodas, buenas y malas relaciones”, recuerda Felipe. Añade que la obra se alimentó de eso porque habla del teatro y los conflictos que conlleva. 

Sofía Tardáguila

Sofía Tardáguila, actriz de Esta gaviota no es de Chéjov

Para Sofía, el proceso fue de mucho aprendizaje, pero también muy desgastante porque era una obra exigente y le costó llegar a lo que Felipe quería. “Era un código teatral diferente al cual uno está acostumbrado. Estamos familiarizados con el storytelling, con un principio, desarrollo y final, la entendimos y nos vamos contentos con el mensaje. Acá era una obra en la cual impera la teatralidad de los personajes. Esta danza del personaje que Felipe nos decía era lo que realmente hacía que se levantara el texto”, explica Sofía. No había linealidad en cómo lo contaban ni en el diálogo de los personajes, pero se tenían que traslucir con claridad las situaciones, relaciones y el carácter del personaje, así como sus motivaciones y objetivos. 

El desafío económico, a poco de terminada la pandemia del COVID, con lo que significó para el mundo del teatro, también fue grande. “Hubo una enorme entrega de todos en un momento en el que El Galpón estaba a punto de la quiebra. No había margen económico para nada y tuvimos que hacer ese espectáculo reciclando la mayor cantidad de cosas”, expresa Felipe. En ese contexto, se inspiró en un concepto del dramaturgo polaco Tadeusz Kantor, quien habla del “teatro de reciclaje”. Gira en torno a la idea de que los objetos que están muertos para la vida cotidiana y el mundo real, son objetos vivos para el teatro.

“Una silla rota, desgastada y añejada, una radio arruinada, para el mundo en el que vivimos es un desecho que no sirve, pero cuando los pones en el escenario tienen potencia vital”, ilustra el director. 

A pesar de las dificultades en el proceso, tanto actorales como económicas y escenográficas, lograron hacer la obra. “El teatro siempre termina sucediendo”, sentencia Sofía. Está convencida de que el teatro es el arte más complejo de todos porque es multidisciplinario. Felipe dice que eso los hace más fuertes a todos los involucrados porque aprenden de luz, sonido, actuación, escritura… Porque si ellos no lo hacen, nadie lo va hacer. 

Herencia y fugacidad

“¿Por qué hago Chéjov? Lo hago, pero no quiero hacerlo. Es una herencia, una cosa maldita de la que estamos presos. Podemos dejar de hacerlo, pero lo seguimos haciendo. Es un círculo vicioso”, reflexiona Felipe. Lo primero que tuvo claro fue el título. Para él, resume lo que desarrolla la obra: “Estoy trabajando con La Gaviota de Chéjov, pero esta gaviota no es de Chéjov”. 

El teatro, según el director, se asemeja a la muerte: “Algo efímero que va a dejar de existir para siempre, que no podés volver a repetir”. Pero agrega: “Eso para mí tiene que ver con la vida”.

Sofía destaca que es un arte “irregistrable”, más allá de la tecnología disponible: “Vos podés pasar 10 años pintando un cuadro, pero después lo tenés el resto de tu vida. A la obra le diste meses de laburo, de preparación y creación, y lo perdés una vez que se materializa”. El teatro vive y muere en el momento. Solo podés ver el teatro que sucede en tu tiempo. Pero, si esta expresión artística es la muerte, ¿por qué sigue habiendo teatro?

“¿Por qué seguimos viniendo a hacer función?”, se pregunta Sofía, y ríe. Para ella, el teatro es un catalizador de sentimientos y emociones que están presentes en el momento: “Muchos pueden creer que no lo necesitan, pero cuando uno sale de una obra transformado, se da cuenta de que realmente necesitaba verla o de que le cambió cosas”. 

“¿Para qué seguimos viniendo a hacer función?”, reformula Felipe. El porqué se agota rápido, pero el para qué inicia la búsqueda de una respuesta que es infinita. Y que, en realidad, no importa. La pregunta empuja a seguir. Cuestionarse si el teatro seguirá existiendo, si morirá o no, solo hace que viva con más intensidad.


Este es el último reportaje de la serie Tres actos: la puesta en escena del teatro independiente.


 

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