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La maldita viveza criolla: orígenes, caracteres, efectos y medios para enfrentarla

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Mediante el relato de anécdotas conocidas y experiencias personales el autor describe lo que se conoce en el lenguaje y cultura rioplatense como viveza criolla. Procura explicar sus orígenes, cuáles son sus caracteres esenciales, los efectos que produce en la confianza social y propone algunas sugerencias para eliminarla, evitarla o al menos, mitigar sus consecuencias, neutralizándola.


La incomparable y querida por igual en ambos márgenes del Río de la Plata China Zorrilla, en uno de sus inolvidables coloquios, narraba con su gracia y elegancia habituales una anécdota de su visita a Londres en el año 1946. Los estragos de los bombardeos a la ciudad todavía eran muy visibles y, como llagas abiertas, mostraban edificios sin fachadas donde todavía se podía ver desde la calle, un dormitorio con algún cuadro mal colgado o una mesa de comedor semi-destruida con mesas desalineadas a su alrededor. Por supuesto, era época de racionamiento y a ella -como a todos- se le asignó una cuponera semanal de la que se iban arrancando los pedazos para recibir una ración de harina, o una barra de chocolate, una lámina de tocino, algún vegetal o arroz, etc.

Sucedió que un día perdió su cuponera. Angustiada se lo comentó a un amigo británico, pues no sabía qué hacer. Su amigo, sin inmutarse ni preocuparse demasiado, le respondió que fuera a la comisaría y denunciara la pérdida. Con mucha ingenuidad, y cierto contagio de lo que ya se conocía por “viveza criolla” , China le respondió: “¿Y me creerán?”. La réplica fue inmediata: “¿Por qué razón no te van a creer?”. Con esa lacónica pero contundente argumentación, China se armó de coraje y determinación y se dirigió a la Comisaría de su barrio. Luego de hacer una breve cola de espera, le tocó su turno ante un oficial que le preguntó cuál era el motivo de su presencia: en su mejor inglés pero casi inaudiblemente le dijo: “Perdí mi cuponera semanal…”. El oficial la miró, se inclinó en su escritorio y sacó una cuponera nueva entregándosela y diciéndole: “Tome, y no pierda más las cuponeras…”. Volvió China a su casa, avergonzada y sorprendida por el sentido de confianza en la palabra dada que tenían los británicos y por el respeto a la honestidad de las personas. Pero la historia no terminó ahí…

Al día siguiente, entre cajones revueltos, China encontró la cuponera perdida. Dudó un instante en qué hacer: ¿quedarse con ambas para poder obtener una doble ración de algunos alimentos o artículos de necesidad durante unos días? ¿Devolver la nueva y perder esa magnífica posibilidad de aprovechar ese fortuito encuentro? La duda duró muy poco. Ese mismo día China retornó a la Comisaría y devolvió la segunda cuponera, cosa que tampoco despertó ninguna exclamación de asombro o efusivas felicitaciones por parte de los policías presentes… Fue en esos tiempos que China comenzó a descubrir los eventuales daños que podía causar la famosa viveza criolla.

Todo esto se plantea como introducción al tema que pretendo desarrollar, que es la nefasta influencia que ha tenido durante décadas la viveza criolla tanto en Uruguay como en Argentina.

Sus posibles raíces u orígenes
No resulta sencillo detectar las raíces de la viveza criolla. Máxime si tenemos en cuenta que tanto argentinos como uruguayos somos una fusión de corrientes migratorias muy variadas, en las que españoles e italianos pueden considerarse los principales aportantes, pero sin olvidar la contribución de británicos o franceses entre otros. Si como tradicionalmente se dice los rioplatenses descienden en general de españoles e italianos, más adecuado resulta decir que descienden de los barcos que los trajeron de diversas partes de Europa. Y el virus de la viveza criolla no todos lo inoculaban ni lo trajeron consigo. Fue algo que se fue gestando más tarde, una vez que muchos de nuestros antepasados ya se habían instalado en estos ricos y abiertos territorios.

Un posible legado más detectable es el realizado por nuestros gauchos rebeldes y autónomos, nuestras ansias independentistas, una geografía con muchas planicies, tierras onduladas y escasez de altas montañas que permiten los traslados de un lugar a otro sin grandes obstáculos, la abundancia de carne y de abrigo, un clima templado, y por qué no, el aporte de cierta cultura indígena que nos transmitió herramientas para enfrentar con astucia al poder y la autoridad a través de décadas, lo cierto es que la viveza criolla caló hondo en nuestro ser nacional.

Son abundantes los ejemplos literarios que reflejan esa tendencia a ser ladino, astuto y desconfiado a la vez, por parte de personajes que marcaron a fuego nuestra idiosincrasia y alentaron nuestro culto al quebranto de normas, desafiando al poder y a la autoridad, sea cual sea. Algunos versos del clásico Martín Fierro pueden servir de ejemplo de lo que pretendemos describir; pero conviene aclarar que el personaje principal de la obra a nuestro entender no es un representante fidedigno de la viveza criolla, pues muy por el contrario, en él lo que más resalta es el sentido del honor y la valentía, combinada en diversos momentos con la gallardía y la fiereza. Tampoco sería justo vincular esta actitud con la frescura, simpatía y espontaneidad que en ocasiones tipifica a los latinos y que contrasta con el formalismo, sentido del deber, parsimonia y contención con la que reiteradas veces se pretende identificar a los europeos. Entre otras razones, porque tanto latinos como europeos rompen los moldes en los que se les quiere encasillar y cruzan esas características con demostrada y elocuente frecuencia.

Descripción de la viveza criolla
La viveza criolla no tiene nada que ver con la simpatía o con la espontaneidad. Es una inclinación o actitud persistente a enfrentar y resolver situaciones grandes o pequeñas de la vida sin respetar las posibles normas, pautas, estilos o formalidades que tradicionalmente las regulan.

Por esta expresión, que podría traducirse al inglés como “native wickedness” (aunque con algunos reparos), queremos describir el hábito o tendencia a eludir las reglas, sean del tipo que sean, a desobedecer las consignas legales, sociales, éticas o morales y jactarse de ello. Es una actitud de constante desafío a la autoridad y sus normas, a violar ostensible o sigilosamente prescripciones y principios en muy variadas situaciones. El tránsito puede ser uno de los ejemplos más recurrentes, pero también, en el comercio o en el uso de bienes y servicios, se puede detectar esta inclinación a creerse más astuto que los demás.

Tal como se describe, no resulta suficiente eludir o violar esas pautas o reglas, sino que el complemento es la jactancia. Hay que reírse o burlarse de la norma o consigna eludida o transgredida, así como de la autoridad que la impuso, ufanarse y compartir esa violación con otros, para así intentar demostrar que uno es más sagaz, más inteligente que la mayoría de los mortales. El “vivo criollo” se jacta de su conducta, se siente audaz e intocable; las normas y sus consecuencias no se le aplican a él y a su situación circunstancial; por la fórmula del mínimo esfuerzo, de la comodidad, de realizar siempre las cosas a su manera, la viveza criolla se siente ganadora, más aún, invencible. Alardea y ostenta su picardía como si fuera un galardón, un trofeo. A veces, este sentimiento de triunfo se ve reforzado por un razonamiento economicista: es cierto y no descarta el vivo criollo la posibilidad de que se le apliquen sanciones si lo descubren infraganti de la conducta transgresora. Pero hechas las evaluaciones, los pros y contras de esa eventualidad, sigue adelante con su transgresión pues es consciente de que la sanción, si lo descubren y se la aplican, será leve, casi inexistente. Por lo tanto, la conclusión que extrae es simple y lógica: es buen negocio violar la norma x o z pues a) es difícil que lo descubran, b) si lo descubren, la sanción, multa o castigo es leve, c) siempre existe la posibilidad de negociar una reducción de la pena y d) los resultados de la transgresión son muchas veces suculentos, pues no ha tenido que devolver o reponer lo adquirido o realizado indebidamente; se ha guardado el botín, aunque no sea material, sino simplemente psicológico o espiritual; es decir, se auto-aplica la famosa frase “¿quién me quita lo bailado…?”

La tendencia a actuar siempre “a mi manera”, “my way” es otra característica derivación de la viveza criolla. En los últimos tiempos ha cundido la propensión a “ser más auténticos” a “hacer las cosas a la nuestra”, a no copiar modelos que provienen de afuera, extranjeros, que podrían tener y ejercer una influencia colonialista o imperialista, por más excelentes y probadamente eficaces que puedan ser esos modelos. Para la viveza criolla lo foráneo, por el mero hecho serlo, es pernicioso, malo, inconveniente de copiar. Hay que buscar y encontrar nuevas maneras y fórmulas de hacerlo, autóctonas, aunque lleve mucho más tiempo, se corran más riesgos, y en definitiva sea menos eficiente y eficaz. Pero será “nuestro”, realizado “a nuestra manera…”

Otros ejemplos
Todos hemos sido testigos -cuando no actores- de esta predisposición a creerse más astuto que los demás. Se podrían contar mil y una anécdotas como la narrada por China Zorrilla. De hecho, la propia China me contó otra que le ocurrió cuando estaba en Nueva York y tenía que hacer una llamada a la costa oeste de los EEUU. Los tiempos eran otros y no había más que una Central Telefónica personalizada que tomaba los pedidos de larga distancia. Descolgó el teléfono de su casa y discó el número de la central; le respondió inmediatamente una operadora a la que le consultó cómo podía hacer esa llamada desde NY a Los Ángeles. “Muy sencillo” fue la respuesta. “Le doy estos números de coordenadas con LA, usted después disca los números a donde quiere llamar, habla todo lo que precise y luego de colgar, vuelve a llamarnos a la central para comunicar y avisar cuánto tiempo duró su llamada, así nosotros cargamos en la cuenta de su teléfono el costo de esa llamada”. La reflexiva pregunta de China no demoró ni un instante: “¿Y si no la vuelvo a llamar a la Central…?”. Tampoco hubo demoras en la respuesta de la operadora: “Usted no me entendió…, le repito…”. Y de nuevo, como si fuera una niña pequeña a la que es necesario volver a explicar las cosas para que comprenda bien y mejor un procedimiento, le volvió a repetir paso por paso lo que China debía hacer. No se le pasó por la mente a la operadora que quien la consultaba pudiera hacerse la distraída u olvidadiza y no volviera a llamarla para transmitirle los minutos de duración de su llamada. Y por supuesto, ante tan clara y contundente muestra de confianza, China hizo la llamada y luego volvió a comunicarse con la central para transmitir los minutos utilizados, incluso añadiendo un poco más de tiempo, para no quedar como sospechosa de ser una “infractora telefónica…”.

El riesgo de despreciar los detalles pequeños
A algunos, estos ejemplos pueden parecerles nimios, intrascendentes y poco ilustrativos de la gravedad que puede implicar el empleo abusivo y recurrente de la viveza criolla. Pero es bueno recordar que es a partir de las pequeñas cosas y de los pequeños gestos que se construyen o destruyen las grandes situaciones y manifestaciones de la vida. Para poder correr una Maratón hay que comenzar a entrenarse de a poco. No es viable pretender cubrir más de cuarenta kilómetros sin antes comenzar por correr tres, cinco, diez, veinte y para así sucesivamente acostumbrar al cuerpo y los músculos a cubrir y soportar la larguísima carrera. De la misma forma que en el deporte, en la ética y en la moral, el acostumbramiento a las pequeñas cosas y detalles es el que va a generar los grandes triunfos o las grandes derrotas en la vida cotidiana.

Hace unos años, mientras impartía un curso de Ética profesional en una Maestría narré la historia de una madre en el zoológico; acudió al zoo de su ciudad una madre con dos hijos, uno de diez y el otro de doce años.

Un cartel en la entrada anunciaba: “Adultos y mayores de doce años cien pesos, menores gratis”. Al llegar a la boletería, sin necesidad de hacer cola pues había poco público, le pidió al boletero dos entradas; el buen hombre, simpático y con ganas de ayudar le dijo:

—“¿Este niño tiene ya doce años?”
—“Efectivamente, los cumplió hace cuatro meses”
—“Bueno, por esta vez le cobro una sola entrada de adulto y los dos chicos pasan gratis.”
—“No, insistió la madre, cóbreme dos entradas.”
—“No se preocupe señora, nadie está a la vista y nadie se va a enterar, así que le cobro una sola.”
—“Está muy equivocado”, respondió la madre, y señalando a su hijo mayor le dijo:
—“Él se va a enterar, así que cobre dos”. Y pagó las dos entradas.

Una vez más, puede sonar intrascendente la pequeña historia. De hecho, recuerdo que una vez finalizada esa clase, escuché a uno de los cursantes ya profesional hecho y derecho murmurarle a un compañero: “No he pagado un Máster para escuchar historias de zoológicos…”. No dije ni hice nada, pero confieso que me dio una enorme pena la actitud de ese profesional. No comprendió o no quiso comprender la importante actitud de una madre al no inculcarle desde chico a un hijo la maldita, y lo repito con ganas, maldita y perniciosa tendencia a conducirse en la vida con viveza criolla. ¿Era trascendente pagar una o dos entradas? No era lo que estaba en cuestión. La clave era qué quería transmitirle una madre a un hijo de doce años que ya entiende y capta muchísimas cosas. El mensaje que pretendo dejar detrás de esta y de mil anécdotas como la relatada, es el rol clave que juegan los ejemplos familiares en la formación ética y moral de los hijos. Para bien o para mal, son los buenos o malos ejemplos concretos y cotidianos de padres y madres, mucho más y antes que las palabras y consejos, los que van forjando las conductas futuras de sus hijos. Nada ni nadie puede suplantar esa educación “por ósmosis” en valores, virtudes humanas y actitudes impartida en los núcleos familiares. Las demás instituciones pueden complementar y cooperar en esa tarea educativa, pero difícilmente lograrán reemplazarla.

Los efectos de la viveza criolla
Los mayores destrozos que provoca la actitud que describimos son a mi entender los siguientes:

  1. Corroe y corrompe la confianza, entendida como un valor social y también como una actitud personal y cultural. En efecto, la continua y propagada praxis de la viveza criolla destruye la confianza, concebida como un valor que se busca y se tiende a preservar en cualquier grupo social. No es sano -ni psicológica ni económicamente- vivir en un clima de desconfianza, en el que un grupo humano, sea una familia, una empresa, corporación o un país entero, se plantea las cosas desconfiando de todo y de todos los que giran en torno al grupo humano en cuestión. La desconfianza genera además costos adicionales de control, de mayor seguridad, que entorpecen a veces muchas gestiones, pues en vez de simplificarlas, las enlentecen con sellos, contrasellos, firmas y contra firmas y otros múltiples mecanismos y artefactos de control que burocratizan cualquier iniciativa. Por si esto fuera poco, la desconfianza crece y se multiplica si las medidas sancionatorias para los violadores o abusadores de la confianza no se aplican de igual manera a unos que a otros, o son débiles e ineficaces para disuadir a los infractores.
  2. Produce lo que se puede denominar el riesgo del acostumbramiento malo. El ser humano es un ser de costumbres y así como adquiere hábitos positivos en materia de higiene, puede adquirir hábitos negativos que no solo afectan su aspecto físico, sino aspectos psicológicos, éticos y morales. Ese acostumbramiento negativo a practicar la viveza criolla no solo perjudica a quien la ejerce, sino a los que le rodean y la padecen. Como si esto no fuera suficiente para tratar de evitarla, la continua praxis de la viveza criolla puede ser contagiosa. Como un virus que se expande, la viveza criolla va calando en diversos ámbitos y contagia a quienes no la practicaban si estas personas -individualmente o en grupo- no tienen la suficiente fuerza ética (anticuerpos éticos podríamos llamarlos) para combatirla. Este contagio es más recurrente y fácil con las personas jóvenes, que frecuentemente buscan referentes que los guíen, líderes que les transmitan un sentido a sus vidas. Si lo que encuentran y siguen es a líderes negativos que se ufanan de transmitir la maldita viveza criolla, entonces la propagación de la misma será tan o más peligrosa que la pandemia que nos ha tocado vivir. Pues esa difusión y contagio no afecta solo la salud física, con consecuencias fatales para la vida de muchas personas, sino que destruye la salud moral, la higiene psicológica, en definitiva, la vida ética y espiritual de un país entero.
  3. Deteriora el sentido de responsabilidad personal por la comisión de faltas primero y de delitos después. La viveza criolla se burla de este tipo de normas y hace alarde de ello. Muchas veces aplica un cinismo ridiculizante que trivializa las transgresiones o violaciones de las pautas, sean del tipo que sean, y al mismo tiempo incita a otros para que no sean tontos o cobardes y las hagan también. Claro ejemplo de este menosprecio por las normas son las fiestas clandestinas en épocas de pandemia, las aglomeraciones en sitios donde se ha exhortado a mantener la distancia física, los ruidos molestos que producen los caños de escape de vehículos motorizados, los “piques” o carreras de jóvenes que se desafían en las avenidas con semáforos, los pequeños robos en las tiendas que luego se exhiben como trofeos, el no pago de los boletos de transporte en lugares donde los         controles son esporádicos. Todas estas manifestaciones de viveza criolla van pudriendo la convivencia y la confianza social.
  4. La ironía mayor es que reiteradas veces estas infracciones son disfrazadas bajo la expresión “derechos humanos” o “derechos humanos de nueva generación”. En realidad ese camuflaje apunta a jugar con el lenguaje y las palabras, para reclamar y promover lo que no son derechos, sino caprichos humanos, tan nuevos y tan antiguos como la condición humana misma.

Sugerencias para mitigar la viveza criolla
Sin perjuicio de seguir pensando que es en el ámbito familiar que la viveza criolla puede ser mejor combatida y evitada, las medidas que pueden complementar esa educación son:

1. Una mayor severidad en materia de sanciones y multas a los transgresores. Esto permitiría cortar de raíz con las especulaciones económicas, las evaluaciones de pros y contras de si es buen negocio seguir violando normas o cometiendo cierto tipo de faltas o delitos. Es lo que viene ocurriendo en diversos países, que comienzan por confiar en los sujetos, pero si estos rompen o abusan de esa confianza, el rigor de la sanción que reciben es suficiente y eficazmente disuasivo para que los transgresores no vuelvan a hacerlo. Por ejemplo, con la ley 19.120 del 20-8-2013 se podría aumentar la severidad de sanciones a quienes cometieren atentados contra la conservación y cuidado de los espacios públicos.

  1. Lo anterior podría complementarse con un mayor control ciudadano. Esto supone una tarea educativa que puede llevar tiempo, pero si se hace desde temprana edad, puede ir conformando una mayor conciencia social de cuidar los ámbitos vitales entre todos. Suiza es un claro ejemplo de ello, pues en dicho país cualquier ciudadano tiene la posibilidad de denunciar cualquier tipo de infracción, siempre y cuando la denuncia sea responsable y se realice por los medios pertinentes. Si la fiscalización de los organismos oficiales es insuficiente e ineficaz, hay que complementarla con la mayor colaboración de todos los ciudadanos. Por supuesto, cualquier abuso de fiscalización y las denuncias falsas y hechas con ánimo de venganza o revancha deberían ser severamente sancionadas.
  2. Instaurar un registro de faltas, para que la acumulación de las mismas pueda aparejar un aumento de las respectivas sanciones. En definitiva, si esto ya se aplica para los conductores alcoholizados que son penalizados cada vez más severamente, lo lógico sería extender ese “gradualismo” hacia otro tipo de faltas, como pueden ser las que atentan el cuidado de la higiene y salubridad públicas, por citar un ejemplo.
  3. El objetivo final de las medidas anteriores es elaborar una estrategia de defensa de las fortalezas de una ciudad o país. Con ello pretendo decir lo siguiente: si las escaramuzas o pequeñas batallas se plantean en ámbitos alejados de las murallas de una fortaleza, entonces las posibilidades de acceder y conquistar esas murallas se tornan más difíciles. Esto no es un planteo original, ya lo expuso Sócrates hace más de dos mil años, y militarmente resultó ser eficaz durante la Edad Media. En dichas escaramuzas habrá victorias y derrotas, pero lo esencial es que el enemigo no logre conquistar la fortaleza.

Nadie discute el aumento de delitos y rapiñas cometidos contra civiles y funcionarios policiales en los últimos tiempos en nuestra región. Algunos hasta han llegado a profetizar que las siguientes víctimas serán los fiscales y los jueces, cuestión de dejar en claro que -de aquí a poco tiempo- el país quedará en control de los delincuentes y el narcotráfico, y que habrá que resignarse a ello. Todo muy claro y tranquilizante… Este tipo de manifestaciones, equivalentes a cuando es sitiada y conquistada una fortaleza una vez que ya se penetró en sus murallas y la población queda a merced de los atacantes, tiene otros síntomas previos, menos ostentosos, más pequeños pero muy significativos como es el que venimos describiendo desde el comienzo. Las cosas grandes comienzan muchas veces por ser chicas, insignificantes, desapercibidas; ahí está su potencial, constructivo o destructivo, según las circunstancias.

Hay un montón de normas que los rioplatenses nos hemos acostumbrado a no respetar antes que las penales: las deportivas, de tránsito; en nuestra forma de hablar y de escribir; en nuestra manera de convivir; en cómo actuar éticamente de acuerdo a nuestros principios, valores, virtudes y actitudes; en la forma de aceptar y tolerar nuestras diferencias. En nuestra manera de plantear y discutir nuestras discrepancias. Entonces, nada nos debería sorprender. El acostumbramiento a no respetar las normas, del tipo que sean, nos hará cada vez más indisciplinados y desconfiados. Solo con disciplina y respeto normativo podremos revertir este proceso de desbarrancamiento cultural. Estamos –todavía- en condiciones de hacerlo.

Para evitar la consigna de “¡Indefensos e inseguros del mundo, únanse!” y para terminar con los acostumbramientos negativos -pues no es bueno ni sano acostumbrarse a convivir con el sentimiento de desconfianza y de inseguridad- los que aún pueden tomar las riendas para revertir estas situaciones y luchar contra la viveza criolla, que las tomen rápido. Y que las usen bien.

También para no ser reiterativo, otras sugerencias que se relacionan con estos temas fueron hechas por mí en la Revista de la Facultad de Derecho de la UM Vol.15 N° 30 del año 2016, bajo el título “Mensaje del Decano. Dos lógicas enfrentadas”.

Conclusión
Hay que hacer todo lo que esté a nuestro alcance para promover una revolución educativa que –entre otras cosas– comience a revertir y reducir, si no eliminar, la maldita viveza criolla en ambos márgenes del Río de la Plata. Entre otras cosas, eso supone volver a acostumbrarnos a tener gobernantes con sentido común, preparados y enamorados de la política, honestos en palabras y en obras, que sientan que deben servir a todos los ciudadanos, no solamente a algunos, y cual administradores, deben rendir cuentas de lo que hicieron y de lo que dejaron de hacer. Este sentido de responsabilidad en el manejo de la cosa pública puede y debe extenderse a los empresarios y dirigentes privados; en definitiva, todos ellos se reúnen para trabajar en torno a un objetivo, y ese, más allá de lo específico de cada rama y función, debe ser la mejora del bien común de todos, no solamente de unos pocos. La viveza criolla no ayuda a promover ese bien común, sino todo lo contrario.

Por eso, el deslumbramiento, aplausos y palabras de elogio hacia ciertos líderes sensatos y honestos me deja a veces un retrogusto y sensación de profunda inquietud. En el fondo, está reflejando que muchos países han perdido ese sentido de normalidad a esta forma de gobernar y de dirigir lo público o lo privado. Perdieron el norte de gobernar con el sentido común de ser transparentes, de rendir cuentas periódicamente de su gestión, de sentirse y actuar como administradores de lo ajeno, de aceptar críticas cuando están fundamentadas y corregir lo que se debe corregir. Se sorprenden y admiran lo que debería ser lo normal: no transformar a los gobiernos y gobernantes, a los empresarios o asociaciones de cualquier índole, en bandas de ladrones, con nichos de corrupción y maquiavélicos engranajes para perpetuarse en el poder. Es muy preocupante que tantas personas se maravillen de algo que debería estar metido en el ADN de la democracia, del sentir republicano y de una cabal comprensión de lo que significa vivir en un estado de derecho.

Con el título “Carguitos y otras menudencias” comenté hace casi quince años un editorial que publicó el semanario Búsqueda cuando analizaba con profunda preocupación los comentarios de un senador acerca de cómo entendía él la función de los legisladores: “Sería poca capacidad de gloria para nosotros aspirar a ser senadores o diputados… Yo no entiendo a gente que toda su ambición es poder lograr ese carguito…”.

El asunto va más allá de una opinión personal en torno a si ser representante del pueblo es algo valioso o despreciable. Es un tema de cómo se entiende la política y la democracia. Si estas son aspectos secundarios, por no decir despreciables, es lógico pensar como pensaba el senador. Pero hay algo más profundo y alarmante: es el absoluto desinterés por lo que un Estado de Derecho realmente significa. La opinión de ese senador representa el pensar y sentir de muchos que consideran que las normas, desde la Constitución para abajo, son meramente declaraciones que hay que tener en cuenta solo si les sirven a ellos. Si no les resultan útiles o directamente se oponen a sus fines, no hay que tomarlas en cuenta. Al fin y al cabo, no es más que lo sostuvieron y pensaron años atrás esos señores cuando quisieron tomar el poder por la vía de la violencia. En eso fueron coherentes.

Pero hay más todavía: esa forma de pensar y actuar se refleja también en otros aspectos tales como, en primer lugar, no tomar clara conciencia de la importancia que tiene la división de poderes para que un gobierno funcione bien. Que las funciones ejecutiva, legislativa, judicial y controladora (del Tribunal de Cuentas, de la Corte Electoral y de unos medios de comunicación realmente libres) estén nítida, efectiva y realmente separadas es la mejor garantía para que el poder no se concentre o disminuyan las tentaciones de concentrarlo y cuando las mismas aparezcan, existan mecanismos para aventarlas. Es ni más ni menos que comprender cabalmente la importancia de la expresión “sistema de frenos y contrapesos” y no considerarla una simple vaguedad o frase desprovista de contenido. En segundo lugar, soñar nostálgicamente con la unidad. Un partido, una escuela, un sindicato, una universidad, una forma de pensar que nos iguale a todos; y si esa igualación es para abajo, mejor. En tercer lugar, reírse abierta y burlonamente de todo lo que represente el ejercicio de la abogacía en cualquiera de sus formas. Considerar a los abogados buitres que sobrevuelan cualquier carroña con el solo ánimo de lucrar y a los jueces como meros títeres puestos al servicio de intereses que no son precisamente la búsqueda de la justicia, la paz y la seguridad de los ciudadanos. En cuarto lugar, prescindir de cualquier asesoramiento legal en materia de elaboración de nuevas regulaciones normativas sean del orden que sean. Hoy los asesores han de provenir de otros campos, económicos, sociales, técnicos; pero no conviene que sean jurídicos, pues para quienes piensan como este senador, los abogados complican, ensucian y retrasan todo. Tampoco hay que tenerlos de consejeros a la hora de legislar. Las pautas y técnicas legislativas son una antigualla relegada a un condescendiente olvido; hoy se saca todo como sea y cuando sea; si es por decretos o leyes o manifestaciones de voluntad popular es lo de menos, y si cumplen o no con las normas de superior jerarquía también. Con esa mentalidad, los enfoques como el que sostiene quien esto escribe, son considerados insignificancias, menudencias propias de cultores de una época que se fue para no volver.

En definitiva, toda esta manera de pensar y sentir el gobierno y su forma democrática puede erosionar la cultura de respeto a la real democracia, a las normas y a quienes estas representan en un grado mucho mayor del que podemos imaginar. Porque los humanos somos seres de costumbres y nos acostumbramos con relativa rapidez y facilidad a todo. El asunto de fondo no es si nos acostumbramos. El tema cada vez más crucial y urgente es a qué nos podemos acostumbrar y a qué no debemos hacerlo. Es si adormecernos o aletargarnos con este tipo de comentarios y de formas de ejercer el gobierno nos van a dar –a la corta y a la larga– sanos resultados.

Es de extrema urgencia comenzar a revertir el deterioro cultural y sobre todo cívico que padecen algunos países, cuando ven como excepcional un estilo de gobierno y de conducción de las empresas realizado con sensatez, decencia y sin viveza criolla. Nuestra educación cívica tiene mucho que decir y preservar al respecto. Y esto no es tarea de unos pocos elegidos; es una labor y consigna de todos, porque en ello nos va la vida democrático-republicana. Ya es hora de reaccionar.

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