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¿Es el arte reflejo de su tiempo?

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Una reflexión sobre una conexión indivisible entre los conceptos arte, tiempo y conciencia


Pensar en el tiempo simboliza trasladarse, deambular por nuestra existencia percibiéndolo en tres estados: tiempo físico, sensitivo y biológico. Al expresar tiempo físico, observamos significados como materia, agujeros de gusano y espacio; Albert Einstein manifestaba que el tiempo es relativo, y transcurre de manera diferente dependiendo de las circunstancias físicas de cada sistema (Einstein, 2016). El tiempo sensitivo conecta desde lo más íntimo, se relaciona a lo que experimentamos con una sensación disímil ya que depende exclusivamente de quien percibe la experiencia. Aristóteles sostenía: tenemos la percepción del antes y el después, en virtud de la posición relativa de un cuerpo debido al movimiento, allí decimos que el tiempo ha transcurrido (Aristóteles, 1995). Al tiempo biológico, lo ligamos a la transformación de un ser vivo; la duración de materia dentro del espacio deteriorándose constantemente.

El tiempo, devorador de acontecimientos presenciales, de masa, y momentos sensitivos; ¿acaso nuestra conciencia nos hace vivenciar sucesos con vibraciones diferentes, percibiendo la realidad con desigual aceleración?

La percepción manifestada dentro del campo psicológico y filosófico, única e individual, se alimenta de factores internos y externos mezclando conceptos empíricos que existen en nosotros; con ellos generamos análisis evidenciando diferentes ópticas sobre una situación similar utilizando el intelecto y el estudio de un todo para comprender la realidad y no una situación específica: jamás llegamos a la verdad absoluta, única y contundente, siempre surgen caminos que cruzan, y una respuesta lleva a otra pregunta, que nos acercará a un proceso de aprendizaje constante con experiencias de duración variada para cada individuo.

La percepción del tiempo
Lo percibimos y transitamos, pero cabe preguntarnos: ¿qué velocidad tiene el tiempo?, ¿cómo influye la percepción del tiempo en nuestras experiencias? El tiempo no transcurre velozmente, nosotros lo aceleramos interpretando vivencias con mayor o menor intensidad abriendo la posibilidad de afirmar que el tiempo necesita de nuestra conciencia para que adquiera sentido.

En esta nebulosa social actual intensa, de excesiva información en un mundo globalizado, de redes sociales y aplicaciones incesantes, los momentos transcurren demasiado veloces perdiendo sentido temporal. Inconscientes, comprometemos la libertad que brindan los vínculos; contradictoriamente, cuanto más comunicados estamos tecnológicamente, más alejados procedemos humanamente; vivimos inmediatez, las reflexiones escasean ocupando menos margen dentro de nuestro espacio creando un presente deformado sin principio ni final, muchos principios constantes se disparan sin orden ni criterio para un volver a empezar, vivimos un tiempo sin tiempo, sin aroma(Han, 2014).

No obstante, ¿dónde experimentamos el tiempo perceptivo? Escuchando una melodía o percibiendo un aroma que nos traslada hacia alguna etapa de existencia; sentidos como oído u olfato, hurgan en algún lugar recóndito de nuestra mente, produciendo sensaciones únicas, moviendo nuestra fibra más íntima; ¿no es acaso eso viajar en el tiempo? Esta idea está siempre viva en nuestro presente, arrojándonos hacia un supuesto pasado, vivencias ligadas al ritmo de un tiempo diferente para cada persona en la misma dimensión.

Percibimos el tiempo según las épocas, por tanto, la pregunta sobre una real existencia adquiere mayor relevancia. San Agustín de Hipona manifestaba el pasado a través de nuestros recuerdos: lo pensamos, pero no existe. El futuro, un anhelo, una proyección de nosotros, tampoco existe, por tanto vivimos en un único estado, el presente, instantáneo, pues, si solo existe el presente, tal vez la existencia real del tiempo aparece cuestionada y tengamos que interpretarlo como un proceso imaginario, consciente y subjetivo (de Hipona, 2010).

El tiempo, las épocas y el arte
Tiempo atrás, los avances tecnológicos se daban espaciadamente, dejando en la memoria momentos de mayor vigencia; el tiempo con aroma(Han, 2014), el arte en concordancia con el tiempo: la conjunción arte/tiempo es inseparable.

Grandes filósofos intentaron que el ciudadano común reflexionara e intentara ver las cosas en su totalidad como forma de cultivar su intelecto, sembrando dudas para sacudirlo y fomentar el pensamiento crítico, lo que quedó reflejado en diversas manifestaciones artísticas. Hegel, Kant o Nietzsche promulgaron sobre esta interpretación. Hegel (2009) manifiesta: “Es el medio gracias al cual el hombre exterioriza lo que es” (2), su mirada fundada en la realidad; para Kant, era fundamental la razón sobre la realidad, manifestando; la belleza debe ser agradable a la razón en concordancia con los sentidos (Kant, 2007); en tanto Nietzsche, preocupado por entender al arte, desde su método genealógico buscando el origen psicológico de los conceptos, personificó en dos figuras de la mitología griega que fueron, Apolo y Dionisio. Lo apolíneo, armonía, luz, razón y serenidad contrasta con lo dionisiaco, caos, desorden y asimetría, conceptos impuestos a la belleza desde la filosofía platónica (Nietzsche, 2001), contraposición necesaria para ilustrar el sentido de la vida.

El arte, ilusión y creación, busca saberse vivo, participativo, expresando sentimientos, transcurre desde la alegría hasta el enojo pasando por la confusión y todo lo que deriva de nuestro yo interior. A través de lo apolíneo y lo dionisiaco llegamos a la modernidad, donde la belleza y la apariencia ocupan un lugar por excelencia; el hombre ha dejado el pensamiento profundo y producto de la sociedad de consumo acelerada, nos transformamos en esclavos modernos.

Épocas, humanidad y velocidades del tiempo actúan en consonancia al latido de los vínculos colectivos utilizando al arte para expresar una manera de percibir acontecimientos moldeados gracias a la percepción individual y subjetiva del artista. Dentro del campo subjetivo y visible, cuando percibimos placer que experimentamos mediante nuestros sentidos, podemos decir que estamos dialogando con la belleza.

Por otra parte, a la belleza también la podemos percibir en otro plano, donde juega nuestra lógica sobre la base de nuestros valores morales; que se desprende al realizar actos bondadosos y que establecen conformidad al experimentarlos; ambos factores se unen en horizontes sensitivos y psicológicos para cada individuo (Platón, 1987).

Independientemente, en medio del arte y la búsqueda de la belleza, dentro de esta modernidad nos encontramos nosotros, destructores de sensaciones, inventores de conceptos y formadores de opinión, críticos observadores de lo superficial, otorgando razón e importancia marcando el destino de una creación, menguando o exaltando obras sin importar el sentir del individuo, sujeto a opiniones que surgen cargadas de limitaciones, producto de experiencias propias subjetivas.

En esta sociedad de la apariencia, nos hemos reinventado, hoy cuenta mucho más la opinión de los otros que mantener nuestra esencia intacta, actuamos para los demás dejando por el camino nuestras expresiones críticas sinceras esperando el beneplácito de una sociedad pobre, pálida e intransigente que lucha por mantenerse impoluta, e invencible, aunque se desmorona día tras día.

A pesar de esto, la belleza dentro del arte sigue estando en el terreno netamente subjetivo, cualquier objeto puede pertenecer al terreno del arte, pero es la esencia, su sentido, lo que lo transforma: el arte como herramienta fundamental para expresar el sentir del artista que refleja una opinión diferente ante el mismo objeto dependiendo de quién lo observa.

Transformación e Individuo
El tiempo juez y testigo nos ha transformado, ideas prometidas incumplidas, realidades evaporadas, futuros derramados en una civilización cimentada por criterios definidos vertidos por idealistas, artistas y filósofos comprometidos que han perdido credibilidad en esta sociedad actual alejada de la razón y reflexión.

Somos egoístas, atemporales, desconfiados, atributos que traen consigo un sujeto distraído, relajado, manipulable, conformista, que aplica perfectamente en este modelo consumista creado para mitigar el pensamiento crítico; de productos terminados y usados al igual que a nosotros mismos. Este mundo mediático, cimentado en las redes tecnológicas, trae un arte diferente reflejado en obras realizadas con pedazos de antaño rescatador de sueños rotos históricos, con una combinación hacia lo nuevo dentro de tendencias vanguardistas que denotan un rumbo confuso, incidiendo en una forma de expresión que cambia nuestra percepción ante una nueva manera de entendernos.

Navegamos por redes sin transitar el camino, mentes dependientes dentro de un tiempo instantáneo subidos a un vehículo vertiginoso que nos hace vivir en todas partes y a su vez en ninguna, cibertiempo que enfrenta la virtualidad ante la realidad, objetos reales cambiados por pixeles (Fajardo, 2001) que se crean y destruyen con facilidad transformando un arte cambiante de breves referentes que se manifiestan y desaparecen constantemente sin sostenerse siendo todo sumamente efímero.

“Los videojuegos y el manejo de miniordenadores, revierte y remite a una sociedad individualista, insolidaria, donde solo cuenta la propia aventura sin historia de cada cual, en la sociedad del despacho, la habitación, la sala, verdaderamente este sí es el final de la historia y el nacimiento de las infinitas historias individuales, que ni siquiera tienen que ver con la antigua peripecia existencial de la persona” (López, 1988: 34).

Estos conceptos nos aterriza en una actualidad de interpretación que imposibilita conectarnos a un tiempo apolíneo donde el orden, luz y belleza eran sus pilares fundamentales, nuestro tiempo transita a todas luces por lo dionisiaco, caos y desorden demostrado en nuestro comportamiento cotidiano.

Reflexiones finales
No podemos brindarle una interpretación única a la manera de cómo decidimos interpretar el arte dentro de cada tiempo, pero debemos aceptar todas las manifestaciones, porque, en definitiva, fue, es y será el arte hijo de cada tiempo. En nuestra actualidad, independientemente a los estereotipos que existen en este tiempo único y diferente, el concepto arte y el concepto belleza deben pasar por el sencillo acto de hacer, por el solo acto de crear, donde manifestamos nuestra sensibilidad más profunda ante hechos que nos conmueven; no debe pasar por el juzgamiento de lo creado, ya que resulta imposible que el individuo que emita opinión, tenga en cuenta la conciencia, lo esencial del creador, su valentía y sensibilidad al momento de ejecutar la composición.

La crítica sobre el arte y sus derivaciones no es negativa, pero no deberíamos caer en la crítica desalentadora, discriminatoria; el arte, ilusión y creación, disparador de acontecimientos, canalizador de frustraciones y alegrías que produce contradicción en las sociedades emancipadas emocionales, generador de discusión, diferencias y coincidencias dentro del devenir de procesos sociales evolutivos que lo transforma todo, intenta demostrar el sentir del creador protagonista, inspirado y obstinado en reflejar una realidad perceptible, imprimiendo ideas propias y emociones lo cual hacen que sea único e irrepetible, canalizando sentimientos que conectan su interior en relación con el exterior.

A pesar de las diversas formas de cómo concebimos los factores arte/tiempo, y que cada una de ellas tiene particularidades para intentar aproximarnos a una explicación en cuanto a nuestra conducta, ambas se conectan, y evolucionan paralelamente producto de nuestra sensibilidad al experimentarlos.

Independientemente que pase el tiempo a través del tiempo, y nuestros horizontes de conocimiento se amplíen, ambos, seguirán siendo, a través de los años, un dilema que nunca vamos a llegar a considerar con una sentencia única, sino que será producto de la conciencia relativa propia del sujeto.

Somos materia, energía y conciencia en el mismo momento, buscamos manifestarnos para lograr dejar nuestro legado en relación al tiempo en el que transitamos, ejecutando ideas propias en concordancia con nuestra forma particular de ver cada acto. Es allí donde dejamos de manifiesto lo que denominamos arte; a su vez nuestra conciencia que imagina, que crea permanentemente, y nosotros como individuos constructores constantes de nuestra propia vida, la desarrollamos dentro de un tiempo al cual lo moldeamos de acuerdo con nuestra manera de vivenciar los momentos, en ocasiones ocupando grandes o pequeños espacios dentro de nosotros, generando así un tiempo acelerado, vertiginoso o por el contrario un tiempo desacelerado, vivencial; por tanto, si el arte es creación, tal vez, sin darnos cuenta, los individuos seamos arte transformador y en desarrollo constante dentro de un tiempo difuso e indefinido.

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Referencias bibliográficas
ARISTÓTELES. (1995). Física. Introducción, traducción y notas de Guillermo R. de Echandía. Gredos. Madrid, España.
FAJARDO, C. (2001). Estética y posmodernidad: nuevos contextos y sensibilidades. Abya-Yala. Quito, Ecuador.
HAN, B. (2014). El aroma del tiempo. Herder. Barcelona, España.
HEGEL. (2009). La belleza y la filosofía de Monar, A. Sophia, Colección de Filosofía de la Educación. Cuenca, Ecuador.
LÓPEZ, J. (1988). La música de la posmodernidad. Ensayo de hermenéutica cultural. Anthropos. Barcelona, España.
NIETZSCHE. (2001). Nietzsche, Dioniso y La modernidad de Cortez, D. Abya-Yala. Quito, Ecuador.
PLATÓN. (1987). Historia de la estética de Tatarkiewicz, W. La estética antigua. Akal. Madrid, España.

Webgrafía
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MarinaSilenzi.www.scielo.org.mx(21/10/2007).Recuperadodewww.scielo.org.mx.conceptodeartesegúnKant
JorgeIsraelCaballeroMora.www.librodot.com(05/07/2010).Recuperodewww.librodot.com.confesionesdeSanAgustindeHipona

 

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One thought on “¿Es el arte reflejo de su tiempo?”

  1. Claudia says:

    Muy buena perspectiva, interesantisimo punto de vista en cuanto a la manera de apreciar ese vínculo que existe entre el arte y el tiempo así como la forma de entenderlos, excelente trabajo que nos hace reflexionar, felicitaciones

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